Ciao, Credomatic, Ciao


Imagen ilustrativa.

Por Federico José Fernández Obando.

Corría el año 1995. En una noche estrellada, junto con mis amigos de colegio en el BBQ del Condominio La Guaria en Moravia y, al ritmo grunge de los Smashing Pumpkins, hacía uso por primera vez de mi flamante tarjeta de crédito “Credomatic Juvenil”.

Recuerdo que esa noche invité a todos a unas pizzas. A la semana siguiente, por temor e ignorancia al concepto de la tarjeta de crédito, le pagué, incluso de más sobre el monto de esa compra.

En aquel entonces pasaba meses aquella cuenta con saldo a favor, más bien ganando intereses.

Mi papá confió en ese adolescente de los noventas para otorgarle esa tarjeta de crédito, adicional de alguna de las suyas, para que tuviese un medio de pago alternativo a su mesada que religiosamente le daba los domingos.

El historial crediticio de mi padre con Credomatic venía desde finales de los setenta. El mío empezó ese año y no defraudaría a mi viejito con esto.

Pasaron los años por mí y por ese plástico que fue gris, fue azul, fue verde y en las puertas de mis treinta años fue dorado y en su estado de cuenta se leía en negrita: “Límite de crédito $7.000”.

Aquellas tarjetas me vieron comprar mis tenis de correr, las cuerdas de mis guitarras, las entradas al cine de las citas con mi primera novia, mis primeras cervezas en San Pedro, los repuestos de aquel Toyota Paseo que manejaba con tanto orgullo.

Con “tasa cero” compré los muebles que con tanta ilusión adquirí cuando me iba a casar.

Con ella pagué todos los gastos de mi luna de miel en Antigua, Guatemala. Más adelante, la utilicé para comprar cajas de pañales para mi primogénito y luego, con la ilusión con que he vivido siempre, un “extrafinanciamiento” pagó el parto de mi segundo hijo.

Hoy se cobraría la “cuota 9 de 12” de aquella bendita deuda.

Durante 14 años hice todos mis “pagos de contado”.

Cuando decidí dejar de ser asalariado y perseguir mi sueño de ser empresario, no me quedó otra que hacer “otros pagos” y en meses más difíciles no me quedó de otra que hacer mis “pagos mínimos”.

Pero como todo lo que termina, termina mal, aquel maldito mes de junio, 16 años después, no pude hacer frente al “pago mínimo” que me correspondía.

En 22 días, aquel romance de 16 años se vio truncado. Aquel Credomatic que me llamaba para informarme que aumentaría mi límite de crédito, que era un cliente “Premium”, que podía llamar a una línea telefónica especial para mí, que me enviaba correos electrónicos con promociones, cambió abruptamente.

Ahora, sus llamadas y mensajes eran diarios, dos y tres veces al día y las promociones y beneficios se convirtieron en insistentes y alegatos nada tiernos de que debía pagar el monto adeudado ese mismo día.

Nadie se mostró empático. Nadie me ofreció un arreglo de pago u otra alternativa ante mi situación.

Ahora vivía la letra de una de mis canciones favoritas de Andrés Calamaro que dice: “Con mi tarjeta dorada no me puedo comprar nada…”.

Y aquel Credomatic que fue amigo y aliado, hoy era un cruel acosador.

Con esperanza y esfuerzo salí de aquella difícil situación en que me encontraba. Reestructuré mis deudas y le pagué hasta el último centavo a Credomatic.

Cuando solicité el cierre absoluto de mi tarjeta de crédito con ellos, una de sus funcionarias me llamó y, durante un tiempo prolongado, insistió en que debía mantener mis productos con ellos.

Era demasiado tarde. No hay nada peor que un desamor.

Hoy tengo otra tarjeta de crédito.