Empleada de tienda prefirió ver película que atender bien a clienta

Por Marianela Sánchez Salazar.

Imagen ilustrativa

El jueves 26 de enero, mientras me encontraba en el Paseo de las Flores junto con mi hermana menor, decidimos entrar a una pequeña tienda de caramelos llamada Candy Factory, pues mi hermana quería comprar algunas golosinas.

Sin embargo, a la hora de consultarle a la dependiente por los precios de estas, la joven -de muy mala manera y respondiendo por pura obligación- no nos dio ninguna respuesta, únicamente que dependía del peso.

Consultamos que cuánto era el mínimo y de nuevo, malencarada, nos indicó que lo que quisiéramos.

Mi hermana procedió a tomar unas cuantas golosinas en las bolsas que se facilitaban en el local.

La joven las pesó sin mejorar su actitud, el total podía alcanzar a lo sumo unos 100 gramos, por los cuales nos cobraron ¢900 que mi hermana, obviamente, no tenía; así que tuve que pagar el total mientras la joven se limitaba a observar una película y mantenía su mala actitud hacia nosotras.

El servicio en este lugar fue pésimo, no nos demostraron ni un poco de respeto.

¿Cómo es posible que la dependiente no quisiera contestar la simple pregunta del precio de las golosinas o del mínimo cobro por peso, en un local que genera la visita sobre todo de niños que quieren comprarse caramelos y que pueden estar limitados en su presupuesto?

¿Acaso es un local elitista? ¿Si no tenés plata, entonces no te atendemos?.