¿Es malo negarle una tarjeta a quien no puede pagar?

Un proyecto de ley pretende prohibir tasas de interés excesivas en las tarjetas de crédito. En el país se cobran tasas de hasta 52% y sobran los casos de quienes caen en el círculo vicioso de pagar el mínimo mes tras mes sin que la deuda se reduzca, o incluso aumente.

La propuesta de algunos diputados es poner un tope (20% más la tasa básica pasiva que está en 7,75%, por lo que hoy el interés sería 27,75%); pero los operadores de tarjetas desde ya expresan su rechazo a leyes que los regulen –lo cual, considerando cómo opera el cabildeo en Costa Rica, significa que la ley posiblemente nunca se va a aprobar.

Un emisor de tarjetas dice en La Nación de hoy que de aprobarse esa ley habría clientes excluidos, “no porque nosotros lo queramos hacer… (sino porque) a esos precios (con intereses bajos) no los podríamos servir”.

La frase da a entender que la nueva ley causaría un daño a quienes ya no podrían tener tarjeta, pero ¿cuál es el daño? ¿Negarles la oportunidad de pagar ¢2 millones por algo que cuesta ¢1 millón? ¿Perder la oportunidad de pagar intereses tan altos que clientes con más dinero no los aceptarían?

El daño más bien parece ocurrir hoy, al dar crédito a personas de alto riesgo cuando se sabe que por sus bajos ingresos o malos hábitos financieros tienen escasas posibilidades de pagar de contado y, por tanto, muchas posibilidades de incurrir en altos intereses.

Quizá esa es la clave. Entre más intereses paguen estas personas más ganancias se lleva  el emisor, porque al final de cuentas la mayoría paga, aunque les tome años.

Si le corresponde al mercado o al Estado fijar las tasas de interés da para una larga discusión en la que siempre existirán posiciones diferentes, pero en lo que a este proyecto se refiere tratar de poner como eventuales perjudicados a quienes se intenta proteger resulta risible. Las tarjetas son un servicio útil, pero para los clientes de alto riesgo son dañinas.

Las empresas existen para generar ganancias (no para ayudar a nadie) y eso no tiene nada de malo, pero llamemos las cosas por su nombre y dejemos la defensa de los “excluidos” para quienes realmente trabajan en beneficio de otros.