SALONEROS FRANCESES. AY DIOS

París. Siempre había querido poner a prueba eso de que los saloneros no ven cuando uno pide la cuenta pero sí ven de inmediato si uno se levanta y se va sin pagar.

Ya lo confirmé. El sábado, saliendo del Palacio de Versalles, nos sentamos en las mesas de afuera de un restaurante y llegó una pareja de franceses, de cierta edad a la mesa aledaña.

Ordenaron cerveza, se las trajeron rápidamente y empezaron a ver el menú.

El paisaje estaba muy bonito, pero como a los 20 minutos de estar viéndolo sin que nadie les tomara la orden se cansaron y se fueron, sin pagar las cervezas. Apenas si las habían tocado.

El salonero, ahí sí, llegó, y llegó corriendo en cuestión de segundos. Cuando vio que los señores en serio no dejaron la plata en la mesa, se fue detrás de ellos gritándoles.

Digamos que literalmente se les salió ¨el francés¨ tanto al señor como al salonero, y finalmente el cliente le dijo algo así como: Si quiere que le pague, tráigame la cuenta pero corra a ver si me alcanza, porque yo voy a seguir caminando.

Así fue como el salonero finalmente se puso las pilas y les llevó la cuenta en tiempo récord, al menos récord para París, donde lograr buen servicio al cliente en un restaurante es todo un triunfo.

La verdad, me encantó lo ¨arrancados¨ que estaban los señores y los aplaudo por irse en el momento en que se cansaron de esperar, porque cuando uno va a cenar espera las dos cosas, la comida y la bebida.

No es justo que, si un lugar no puede ofrecer ambas, el cliente tenga que pagar la bebida ahí y volver a pagarla luego en un negocio diferente.

En términos generales, hasta ahora París ha sido la peor ciudad en términos de servicio al cliente.

En Bélgica y en Holanda casi hay que montar campañas de publicidad para lograr la atención de los saloneros, y para traer la cuenta duran como si tuvieran que cocinarla y servirla.

Pero al menos son amables. En París, aplica todo lo anterior, más saloneros que andan con unas actitudes como de diva salida de una comedia…

El jueves, fui a almorzar a un café cerca de Notre Dame, empecé a esperar que me trajeran el menú…y nada.

En eso ví a un salonero, arrecostado contra una baranda en la acera, asoleándose tranquilamente viendo pasar a los turistas.

De una vez le hice una señal, pero me dijo con un aire ofendido que no, que esa mesa no le tocaba, y volvió la cara.

Los japoneses de la mesa del lado, que también estaban esperando, nada más me volvieron a ver resignados.

Es el sistema más tonto que he visto y además el mas generalizado aquí: Asignar las mesas por salonero sin importar que se desperdicie el recurso humano y, a la vez, se tenga a los clientes esperando descontentos.

Veremos qué pasa en España, donde no voy con muchas esperanzas…